lunes, 22 de mayo de 2017

Zascas educativos (IV)

"No hace falta decir que existen infinidad de libros con un contenido más profundo y emocionante que los del colegio. Al pasar las páginas de esos libros tenía la sensación, física y real, de que su contenido terminaba por convertirse en mi propia carne, en mi propia sangre. No me quedaban ganas de ponerme a estudiar en serio para los exámenes. No me parecía en absoluto útil memorizar fechas de acontecimientos del pasado, archivar palabras del inglés como si yo fuera una máquina. Los conocimientos aprendidos mecánicamente y no como un todo sistemático acaban por desaparecer y se quedan por ahí enterrados en alguna parte, en un lugar que podríamos considerar la tumba del conocimiento. En la mayoría de los casos no hay ninguna necesidad de retener nada de eso en la memoria.

Lógicamente, es más importante lo que permanece en nuestro espíritu a lo largo del tiempo, pero eso no es un conocimiento que tenga efectos inmediatos. Hace falta mucho tiempo para que dichos conocimientos demuestren su valor. Por desgracia, casi nunca guardan relación directa con las notas de los exámenes, que sí son algo cercano e inmediato. La diferencias entre los efectos inmediatos y los no inmediatos es como la diferencia entre una tetera pequeña y una grande. Las pequeñas resultan muy útiles porque calientan el agua enseguida, pero la enfrian con la misma rapidez. Las grandes tardan en calentarse, pero mantienen bien el calor. No se trata de darles un valor superior por ello, sino de reconocer su uso y pertinencia. Me parece que es esencial reconocer esos usos distintos".

Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de escribir,  Tusquets editores2015. 

Más zascas educativos aquí.





martes, 9 de mayo de 2017

Show must go on!

Seguro que has visto el vídeo. Pues resulta que un tipo se va a Ferrari Land en la semana de inauguración, se monta en el Red Force (creo que se llama así la atracción estrella del parque, una especie de montaña rusa) y nada más salir del angar, ya a toda castaña, una paloma impacta a toda velocidad contra su cara pringándosela de sangre y, obvio, quedándose frita en el acto. Cuando el chico se de cuenta se la quita de encima como puede y, todavía alucinado con lo que le acaba de pasar, decide, eso sí, que él está allí para pasar un buen rato. Así que, todavía un poco atolondrado por el ataque kamikaze, vuelve a levantar su brazo y se dispone a disfrutar de los segundos de espídica adrenalina que le quedan a bordo de la atracción.

Independientemente de la mala suerte del tipo, cuántas probabilidades hay de que te ocurra algo así, me parece que su actitud es digna de elogio. Muchos de nosotros en su lugar nos hubiéramos quedado acongojados y agazapados esperando que se detuviera la infernal montaña rusa. Y, ojo, tendría todo el sentido del mundo. ¡Coño, que una paloma se acaba de reventar en tu propia cara! No obstante, esa no es la actitud de un héroe. Un héroe (o una heroina, por supuesto) se levanta contra las adversidades y las afronta con orgullo y predeterminación. Si una paloma ha explosionado en tu cara, pues nada, tú a lo tuyo, que te has chupado una cola de tres horas y no está la cosa como para desperdiciar unos segundos de diversión.

Creo que, accidentes al margen, esta es una actitud que deberíamos tomar en nuestros centros ante muchas de las dificultades que nos encontramos a diario. Hay veces que los problemas para desarrollar nuestra profesión pueden llevarnos a la parálisis y al inmobilismo. Y es que, ciertamente, hay situaciones que desaniman a cualquiera. La falta de recursos, el olvido de la administración, las dificultades en el aula y en el trabajo con las familias o la ausencia de apoyo en los claustros pueden ser algunos de los motivos que nos lleven a refugiarnos en el asiento de nuestra montaña rusa particular esperando pacientes a que se acabe el trayecto.

No obstante, me parece una decisión mucho más enriquecedora y constructiva tratar de disfrutar del viaje, aunque este resulte en cierto modo turbulento. Considero que una actitud proactiva y positiva va a resultarnos mucho más útil en la búsqueda de posibles soluciones y alternativas que otra actitud basada en el miedo y la parálisis. Porque, oye, nadie dijo que el camino fuera a ser fácil. Así que, recuerda: ante esa reunión frustrante, ante esa administración educativa sorda e inoperante, ante ese claustro no siempre amable, piensa en el tipo de la paloma, levanta tu brazo y grita conmigo: Show must go on!



miércoles, 26 de abril de 2017

La educación de adultos en (otras) 4 palabras

El otro día, el compañero Josep Miquel Arroyo escribía el post La educación de adultos en 4 palabras. Él usaba estancamiento, invisibilidad, derecho fundamental y justicia para describir su percepción sobre el momento actual de la educación de personas adultas. Sin duda, te recomiendo su lectura. No obstante, aun coincidiendo totalmente con su percepción de la situación, me propuse buscarle una percepción alternativa al asunto. Así que aquí van las mías.

La primera, sin duda, es oportunidad. Ya lo hemos dicho por aquí en más de una ocasión. La educación de personas adultas representa una excelente oportunidad de retomar los estudios para miles de personas en todo el país. Ya sea para mejorar sus condiciones laborales, para mejorar la propia formación o, por qué no, para disfrutar simplemente pasando el rato, las escuelas de adultos son espacios generadores de nuevas (y casi infinitas) oportunidades. Date una vuelta, mira los programas formativos de muchas de ellas y me cuentas.

La segunda es ilusión, claro. Superados los miedos y angustias iniciales y haciendo malabares con la agenda personal, un gran número de personas reencuentran la ilusión por el estudio, la cultura y la educación en los centros de formación de personas adultas. Y es que, a veces, no es fácil compaginar el día a día (trabajo, familia y obligaciones varias) con planes de estudios exigentes como los que se implementan en los centros de adultos. Además, gran parte de nuestro alumnado viene de situaciones de fracaso escolar que no predisponen, precisamente, a crear una percepción favorable para la vuelta a los estudios. Eso sí, superados los primeros envites, la ilusión suele aflorar en la mayoría de los casos.

Y ligado a esta ilusión, el éxito. Solo con conseguir cambiar esta percepción sobre los estudios y la formación me parece que ya podríamos hablar de éxito. Si además añadimos todos los "éxitos académicos" logrados cada año, todos los títulos obtenidos y los aprendizajes realizados considero que, en general, éxito sería una palabra que podríamos usar para definir el trabajo realizado en los centros de adultos. Esto no significa, por supuesto, que no tengamos mucho trabajo por delante. No obstante, poner el foco en lo positivo (que es mucho) puede ser enormemente interesante para destacar el trabajo realizado en los centros de adultos.

Por último, elijo comunidad. Porque, independientemente de las características de cada centro, el trabajo en comunidad debe ser uno de los puntos fuertes de esta etapa educativa (quizá de todas). Y no solo me refiero a la comunidad educativa, que también, si no al conjunto del territorio: empresas, asociaciones, instituciones públicas y privadas, colectivos varios... Los centros de adultos deben de estar atentos a los recursos del entorno y tratar de sacar el máximo provecho de cualquier oportunidad de aprendizaje que se genere fuera del centro. Ligar el "mundo real" a la dinámica diaria de los centros puede ser uno de nuestros principales objetivos y, en este sentido, el trabajo en comunidad es, sin duda, una garantía de éxito.

En definitiva, que yo elijo oportunidad, ilusión, éxito y comunidad para describir mi particular visión de la actualidad de los centros de educación de personas adultas. Seguro que tú tienes las tuyas propias. ¿Las compartes conmigo?


jueves, 20 de abril de 2017

Abuelas, robots y educación

Hace unas semanas los compañeros del CEPA Sierra Norte organizaron las I Jornadas de programación y robótica en educación de adultos. Se trataba, a mi entender, de un evento académico-festivo desde donde, por un lado, difundir los trabajos realizados por el alumnado en este campo tecnológico mientras que, por otro, permitía poner de manifiesto el vigor de la educación permanente y, por supuesto, del propio CEPA como núcleo organizador de experiencias educativas innovadoras. El evento fue un auténtico éxito en términos de participación. Alumnado y profesorado del propio CEPA, pero también personas ajenas a la propia comunidad educativa e incluso docentes de centros de adultos de otras comunidades autónomas, siguieron con atención la jornada.

La verdad es que un servidor no anda muy interesado en robótica y programación, para qué nos vamos a engañar. Y no es solo a causa de un cierto analfabetismo científico, al cual se intenta poner remedio poco a poco, dicho sea de paso. Y es que son otros los campos que atraen mi atención e intereses. No obstante, ello no resulta obstáculo para apreciar el poder transformador y educativo que la robótica y la programación pueden tener en un centro educativo y, por supuesto, también en los centros de adultos.

Revisando los materiales de la jornada encontré varios vídeos en los cuales, alumnado de los grupos de neolectores y alfabetización, señores y señoras de edad avanzada, mostraban orgullosos sus “creaciones robóticas” en distintos ámbitos. Más allá de la calidad de los trabajos, intuyo que más que notables, y de la propia robótica como disciplina más o menos de moda, lo verdaderamente significativo, en mi opinión, era apreciar la ilusión del alumnado por su trabajo. Hombres y mujeres, en principio alejados de tal disciplina por una enorme brecha digital y generacional, volcados absolutamente en el aprendizaje y en la creación de sus propios robots superando etiquetas y prejuicios de todo tipo y condición.

Así pues, me parece que la jornada organizada por el CEPA Sierra Norte resulta una clara muestra del poder transformador y de la fuerza educativa de los centros de educación de personas adultas. En este caso se trató de robótica y programación, pero podría haber cualquier otra disciplina o materia de estudio. El caso es que, una vez más, se pone de manifiesto que una comunidad educativa que rema en la misma dirección es capaz de organizar eventos y experiencias de aprendizaje tan potentes como las presentadas por los compañeros del Sierra Norte. Y ello, por supuesto, también en los centros de adultos.

Me gusta pensar, pues, que si mi abuela hubiera sido alumna del CEPA Sierra Norte podría haber enseñado a su nieto un par de trucos con su propio Arduino. De hecho, estoy convencido que, a día de hoy, algunos nietos continúan alucinando por la Sierra madrileña con los trabajos realizados por sus mayores. ¡Muchas felicidades a toda la comunidad educativa y, por supuesto, muchas gracias por el ejemplo! ;)

lunes, 10 de abril de 2017

Out of the office

Pues como es habitual por estas fechas, paramos unos días para disfrutar de un merecido descanso en familia. ¡Nos vemos en unos días DE VUELTA!



viernes, 7 de abril de 2017

El deseo de aprender (y II)

Escribíamos hace unos días sobre el "deseo de aprender" destacando el valor en cuanto a aprendizaje de un sinfín de situaciones que, a priori, no resultaban demasiado deseables. No obstante, concluíamos que, a pesar de todo, optar por favorecer el deseo de aprender no parece una mala estrategia dentro del aula aunque, eso sí, sin cargarnos de la presión derivada de planteamientos tan categóricos como el "solo se aprende cuando se quiere".

Así pues, ¿cómo hacer para favorecer el deseo de aprender de nuestro alumnado? Aquí van algunas propuestas a las que un servidor trata de contribuir en nuestras clases:
  • Adaptar los tiempos y los contenidos a la realidad del alumnado que tienes delante. Considero que propuestas de trabajo realistas y adaptadas al grupo favorecen un clima mucho más propicio para el aprendizaje.
  • Dar poder de decisión al alumnado escuchando su opinión sobre asuntos importantes. No pasa nada porque los estudiantes tomen decisiones sobre aspectos importantes (calendario, modelo de evaluación, etc). No se trata, en ningún caso, de dejación de funciones, sino de crear espacios de trabajo pactados con el alumnado y, por lo tanto, más eficaces. No obstante, me consta que hay a mucha gente a la que esto le pone nerviosa. Y es que parece que todavía hay  muchas "Cosas que no se negocian"...
  • Tratar de generar sitaciones de aprendizaje ligadas a la realidad y a los intereses del alumnado. Cuando el trabajo en el aula (o fuera de ella) revierte en la realidad del centro y del alumnado todo cobra mucho más sentido y, sin duda, resulta mucho más motivador.
  • Ofrecer espacios reales para que el alumnado autoevalúe y coevalúe su trabajo. Se trata de ofrecer tiempo de calidad y, sobre todo, otorgar valor a la opinión de nuestro alumnado sobre su trabajo y el de sus compañeros. Para ello procuramos favorecer la participación activa en los procesos de evaluación y el ejercicio de la autocrítica (también docente) en los mismos.
  • Mostrar una actitud motivadora. Todos lo hemos vivido en nuestras carnes. Ver entrar por la puerta a un docente que derrocha energía, vitalidad y ganas puede contribuir a situarnos en un plano de trabajo mucho más proactivo que detectar que el profesor o la profesora que tenemos delante no tiene demasiado interés por lo que hace. No siempre funciona, por supuesto, pero una actitud motivadora y enérgica puede ser un gran gancho para atraer a ese alumnado más reacio al trabajo.
  • Ser transparente y cercano en nuestras decisiones. Mostrarnos empáticos y ser claros y transparentes en nuestras decisiones puede favorecer un clima de trabajo mucho más proactivo y cómodo en el aula.
  • Favorecer la "creación de cosas". Porque gran parte del aprendizaje se obtiene desde un plano práctico. Así pues, hagamos "cosas" que, a ser posible, nos permitan traspasar las fronteras del aula y situarnos fuera de eso que llaman nuestra zona de confort.
  • Ser variado. Porque no podemos hacer siempre lo mismo y de la misma manera. Intenta "no tener método" o si lo tienes, que este sea lo más variado posible. Intuyo que tu alumnado lo agradecerá.
  • Promover el juego. Y es que jugando se aprende. Tampoco hace falta que te líes con insignias y badgets de multinivel y tal. O sí, tú mismo. El caso es que podemos usar el juego no solo para desengrasar nuestra práctica docente, sino también para aprender un montón. 
  • Y, sobre todo, cultivar el sentido del humor, establecer unas buenas relaciones personales con el alumnado  y promover la cohesión del grupo. Y es que aprender en un espacio donde uno no se siente cómodo no parece la mejor opción posible.
En resumen, aquí van solo algunas idea para favorecer eso que se ha llamado el "deseo de aprender".  Sin volvernos locos pero tratando de incentivar planteamientos de aprendizaje alternativos más ricos y variados. Seguro que tu tienes tus propias estrategias, ¿te animas a compartirlas en comentarios?



miércoles, 29 de marzo de 2017

El deseo de aprender (I)

Dicen por ahí que si no se quiere, no se aprende. Que si no existe una verdadera motivación detrás del aprendizaje, este no puede existir. No puedo estar más en desacuerdo con esta afirmación. De hecho, me parece que a fuerza de repetirla a modo de mantra, en foros más o menos innovadores, se está convirtiendo en un tópico de cartón-piedra cada vez más simple y ramplón.

Básicamente, no estoy de acuerdo (o, al menos, le encuentro muchos matices) porque echo un vistazo a mi propia experiencia y me doy cuenta de que he aprendido infinidad de cosas y he entrenado numerosas cualidades y habilidades personales mediante experiencias y situaciones que no tenía ningún deseo de vivir. Y no solo estoy pensando en profesores y contenidos curriculares muy alejados de mis intereses personales, sino en muchos capítulos de mi vida que, a priori, hubiera preferido vivir de otro modo. No ha habido "deseo de aprender" en muchos de mis trabajos y en muchas de mis experiencias vitales y, en cambio, quizá son de las que más aprendizajes he podido extraer.

Y es que, en mi opinión, me parece que aprendemos siempre, es decir, por defecto. Y que, consciente o inconscientemente, todas las experiencias vividas generan un poso de aprendizaje que va configurando nuestra manera de enfrentarnos a la vida y al propio hecho de aprender. Aun sabiendo que se trata, quizá, de una frase hecha, pretender que el aprendizaje se produce solo cuando existe deseo me parece una exageración que nos pone, como docentes, un punto excesivo de presión que quizá no merecemos. 

Me parece que hay veces en las que hay que hacer cosas "porque hay que hacerlas". Y no pasa nada. Quiero decir, que muchas de nuestras obligaciones (también en el ámbito escolar) muchas veces están alejadas de nuestros propios intereses y deseos y no por ello debemos renegar del aprendizaje que su desarrollo puede generar. Y, además, me parece que este puede ser de gran relevancia, especialmente en términos de responsabilidad, resiliencia, adaptación, autonomía, etc. Ligar aprendizaje a deseo me parece un arma de doble filo que se nos puede girar en contra. Y sé perfectamente que "aprender deseando" no significa renunciar al trabajo y a la responsabilidad, ni mucho menos. Pero olvidar o dejar de afrontar situaciones no deseadas puede provocarnos una enorme frustración cuando debamos hacerlo porque, siento decirlo, tarde o temprano estas van a llegar.

Dicho esto, y puede sonar contradictorio, me autoexijo como docente el hecho de favorecer "el deseo de aprender" de mi alumnado, de generar situaciones de aprendizaje motivantes que faciliten, también, aprendizajes reales y eficaces. ¿Cómo? De eso tratará el próximo post. De momento, aunque suene raro, quisiera romper una lanza en favor de todas esas experiencias que, a priori, no deseamos vivir pero que han generado un enorme aprendizaje en nuestras vidas. ¿Te apetece compartir alguna de ellas?